El ocaso de las infraestructuras en la era de Twitter (I)

Introducción

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Es evidente que el presente nivel mundial de desarrollo no habría sido posible sin la implantación de complejas infraestructuras de transporte, energía, comunicaciones, hidráulicas, etc. No obstante, en el momento actual, se aprecia un sensible descenso en la consideración social de los operadores de estas infraestructuras de servicios públicos.

En la serie de artículos que aquí comienzo, presentaré y analizaré las que -a mi juicio- son las principales causas de esta situación. Una vez analizadas, propondré algunas actuaciones que podrían permitir a los operadores recuperar y mantener una mejor consideración social, más acorde en todo caso a la real importancia de la función que desempeñan. De eso es en definitiva de lo que se trata. Porque no prestar a los operadores la consideración que merecen puede tener un efecto disuasorio que dificulte notablemente el progreso y, probablemente, la vida cotidiana de las personas. Y el mundo actual presenta ya suficientes complejidad y dificultades como para incrementarlas artificialmente y sin ventaja alguna.
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Innovación: moda, realidad y retos

Olas de innovación tecnológicas

Olas de innovación tecnológicas

 

Una consulta en Google el 28 de enero de 2017 de la palabra innovación arroja unos 61 millones de resultados. La misma consulta hecha con innovation produce unos 454 millones de resultados. No hay duda. La innovación está de moda.

Ahora bien, a pesar de la moda actual, la innovación es un fenómeno muy antiguo. Es frecuente considerarla producto específico de la condición humana. Pero lo cierto es que se remonta al origen de la vida, hace unos 3.000 millones de años. Es difícil encontrar algo más esencialmente innovador que el proceso de evolución de las especies, que de unas pocas moléculas ha culminado en el Homo Sapiens. En realidad, pues, la innovación es inherente a la vida misma.

Entonces, si la innovación es tan antigua, ¿por qué antes no se hablaba tanto de ella? La respuesta está en la velocidad en que se produce actualmente la innovación. Pasar del origen de la vida al Homo Sapiens llevó 3.000 millones de años. Hace unos 2,5 millones de años que nuestros antepasados consiguieron producir cuchillos afilando piedras de sílex por uno de sus costados. El paso del sílex de un solo filo como cuchillo, al sílex de dos filos como punta de lanza consumió un millón de años más. En cambio, pasar de los aeroplanos de los hermanos Wright al alunizaje de los Apollo ha llevado solamente unas décadas.

La revolución digital que nos está cambiando la vida se basa en la Ley de Moore, enunciada por este cofundador de Intel en 1965, y que sigue manteniendo su vigencia actualmente. Esta ley  establece que la capacidad de cálculo de un chip de silicio se dobla cada dos años aproximadamente, manteniendo su coste. Crece, por tanto, exponencialmente. Ahí está la clave. Lo digital mueve hoy la innovación. Y la Ley de Moore hace crecer exponencialmente la velocidad de la innovación. Con eso, la cuestión en las empresas, las ciudades y los países no es que ahora tengan que innovar y antes no. Es que ahora tienen que innovar mucho más rápidamente si no quieren perder competitividad, ofrecer una peor calidad de productos y servicios (en definitiva, de calidad de vida) que sus competidores, y quedarse atrás. Y recuérdese que actualmente no sólo compiten las empresas; también lo hacen las ciudades y los países entre sí.

Por otro lado, la innovación se ha venido produciendo tradicionalmente cuando se ha intentado buscar solución a un problema previamente planteado. Primero notábamos que nos apretaba el zapato, y luego buscábamos la manera de evitar el dolor. Pero la tecnología digital ha acelerado exponencialmente la posibilidad de innovación en productos y servicios. En consecuencia, a menudo aparecen soluciones tecnológicas antes incluso de haber identificado los problemas que podrían resolver. Es como inventar primero la tirita y descubrir después que en las heridas puede jugar un papel. Ahora bien, eso no es ni loco ni negativo. Más bien al contrario, es un driver extraordinariamente potente que nos lleva al progreso y el desarrollo actuales. Y es, además, solamente la consecuencia lógica del crecimiento exponencial de la capacidad de introducir innovación que tiene lo digital, como resultado de la Ley de Moore.

De esta manera, mientras siga vigente esa ley, seguirá la aceleración vertiginosa en la necesidad de innovar. Y en este sentido tiene interés señalar que mientras que ya hay consenso sobre su próximo agotamiento, hay también quien apuesta por nuevas vías de aceleración de la capacidad de cálculo, basadas en tecnologías diferentes a las del silicio.

No hay que olvidar, no obstante, que toda innovación tiene siempre efectos colaterales. Algunos de ellos son previsibles. Otros no se manifiestan hasta que la implantación de la innovación ha sido ya tan amplia que resulta imposible o muy difícil la vuelta atrás. Cuando empezaron a circular los primeros coches con motor de explosión, sólo se veían sus ventajas de acortamiento de tiempos de recorrido, y de capacidad de carga y transporte. Nadie entonces vio venir el problema de contaminación urbana que surgiría a medio plazo como su consecuencia directa.

Así, actualmente, el reto fundamental de la innovación exponencial es si seremos capaces de contenerla dentro del contexto en el que las ventajas a corto, medio y largo plazo son razonablemente mayores que los inconvenientes. Y, a juzgar por la Historia, no es un reto en el que siempre hayamos obtenido un éxito claro.

Fernando Rayón
29 Enero 2017

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