El ocaso de las infraestructuras en la era de Twitter (I)

Introducción

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Es evidente que el presente nivel mundial de desarrollo no habría sido posible sin la implantación de complejas infraestructuras de transporte, energía, comunicaciones, hidráulicas, etc. No obstante, en el momento actual, se aprecia un sensible descenso en la consideración social de los operadores de estas infraestructuras de servicios públicos.

En la serie de artículos que aquí comienzo, presentaré y analizaré las que -a mi juicio- son las principales causas de esta situación. Una vez analizadas, propondré algunas actuaciones que podrían permitir a los operadores recuperar y mantener una mejor consideración social, más acorde en todo caso a la real importancia de la función que desempeñan. De eso es en definitiva de lo que se trata. Porque no prestar a los operadores la consideración que merecen puede tener un efecto disuasorio que dificulte notablemente el progreso y, probablemente, la vida cotidiana de las personas. Y el mundo actual presenta ya suficientes complejidad y dificultades como para incrementarlas artificialmente y sin ventaja alguna.

Antes que nada, conviene recordar que las complejas infraestructuras actuales movilizan grandes volúmenes de recursos económicos, tanto en su construcción como en su operación y mantenimiento, lo que las sitúa en un contexto atractivo para un potencial abuso. Así, vemos con cierta frecuencia noticias de gran impacto que hablan tanto de incrementos de costes sobrevenidos poco claros, como de infraestructuras de muy alto coste cuya implantación se ha decidido sin base en un estudio mínimamente serio de coste/beneficio social, económico o ambiental que las justifique. A pesar de que esas circunstancias no siempre son directamente atribuibles a los operadores, sin duda han influido en su pérdida de consideración popular. Cabe pensar, en todo caso, que la cuota de potenciales abusadores probablemente sea la misma en todos los sectores y países, como ocurre con la cuota de estúpidos según la conocida Segunda Ley de la Estupidez Humana, de Carlo Maria Cipolla. Si eso es así, será inútil esforzarse en reducir dicha cuota, puesto que tenderá irresistiblemente a mantenerse constante, o incluso a crecer, si el caldo de cultivo es apropiado. Más bien, eliminar dichos abusos sólo se podrá conseguir reforzando los mecanismos de control. Pero ésa es tarea exclusiva de gobiernos y legisladores, y queda por tanto fuera del ámbito de este trabajo, que se centra en las actividades que pueden llevar a cabo directamente los propios operadores.

Quiero aclarar que lo que aquí expondré no es un análisis documentado, ni formal, ni académico, sino más bien el resultado exclusivo de mis propias observaciones y mi interés por entender qué ocurre, por qué ocurre y qué se puede hacer para mejorar. Por ello, no se trata de hechos contrastados y demostrables, sino de hipótesis que me suenan razonables y me parecen coherentes. Dejo para algún académico interesado -si existe tal pieza- el desarrollo de análisis y pruebas más rigurosos que las confirmen o desmientan.

Características básicas de las infraestructuras

Vayamos ya al grano. Lo primero es saber de qué estamos hablando. El Diccionario de la Real Academia define Infraestructura de la siguiente manera:

Conjunto de elementos, dotaciones o servicios necesarios para el buen funcionamiento de un país, de una ciudad o de una organización.

En nuestra etapa de cazadores-recolectores no teníamos infraestructuras. Había solamente estructuras naturales: mares, ríos, bosques,… Y vivíamos en y de estas estructuras. Cada uno se buscaba la vida para sí y, en el mejor de los casos, para los suyos. Y se vivía sin necesidad siquiera de una renta básica universal (RBU). A falta del Estado de turno, la RBU la proporcionaba directamente la Naturaleza que, dicho sea de paso, facilitaba también todo tipo de riesgos, peligros y desastres.

Muy a menudo, se cree que las infraestructuras son elementos específicamente humanos. Y lo son frecuentemente, pero no específicamente. Muchas aves construyen nidos para sacar adelante a su progenie. Topos, hormigas, termitas y otros animales construyen verdaderos complejos de túneles y galerías. Y qué decir de los castores, notables colegas de nuestros mejores ingenieros hidráulicos. Hay en esto numerosos ejemplos.

Ahora bien, en todos esos casos, el objetivo de sus infraestructuras no es otro que la protección directa de la vida cotidiana e inmediata de sus propios constructores y sus familias o comunidades locales. Probablemente, las primeras infraestructuras que construyeron nuestros antepasados tuvieron el mismo objetivo: proteger a la propia familia y comunidad de las amenazas directas a su vida.

Pero para que las infraestructuras cumplan con la definición de la Real Academia citada anteriormente, es preciso ir más allá. Deben servir a colectivos más amplios, ajenos e impersonales que la propia familia o comunidad. Deben dar servicio a organizaciones distribuidas, ciudades, países, etc. Sólo cuando este objetivo de utilización amplia e impersonal se da, es cuando podemos hablar con propiedad de infraestructuras genuinamente humanas.

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Yuval Noah Harari, en Sapiens (2011), sitúa hace unos 70.000 años la revolución cognitiva que arrancó el camino hacia el hombre tal y como lo entendemos actualmente. Para Harari, el carácter singular y único de nuestra especie tiene su origen en esa revolución, cuyo detonante fue el desarrollo de la capacidad de inventar ficciones y de conseguir que otros creyeran en ellas. Muy probablemente por aquella época empezamos también a construir las primeras infraestructuras humanas, según la definición del Diccionario citado. Su despliegue obedecía no tanto a la protección inmediata de nuestras vidas domésticas, como  sucede con aves y castores -que también-, sino a dar satisfacción a la curiosidad y las ficciones e imaginaciones compartidas que aparecieron como consecuencia de la revolución cognitiva a la que se refiere Harari.

Así, muy probablemente, la primera infraestructura verdaderamente humana fue un puente, construido atravesando el tronco de un árbol de orilla a orilla sobre la corriente. Qué mejor símbolo que un puente para representar la necesidad de dar satisfacción a la curiosidad. Los cazadores-recolectores eran nómadas y recorrían incansablemente el territorio. Se aventuraban y curioseaban en nuevas zonas en busca de alimento. Desplegaban puentes de troncos que dejaban tras de sí, y que podían ser perfectamente utilizados por desconocidos que pasaran por allí un tiempo después. Y no es difícil imaginar la alegría de los recién llegados al ver que podían cruzar el río sin el esfuerzo de tener que construir ellos mismos el puente.

Pido disculpas al sufrido lector por toda esta disquisición, que me ha parecido necesaria para ayudar a entender y fijar tres características que me interesa destacar de las infraestructuras humanas (infraestructuras a secas, en lo sucesivo, ya que no volveré a hablar más de las otras) que son básicas para todo lo que vendrá después:

  1. Sirven a colectivos más amplios que sus propios promotores.
  2. Se componen de elementos físicos, colocados de una forma específica y perdurable en el tiempo.
  3. El objetivo de su implantación es convertir en realidad futura una situación hoy imaginada.

Mientras que las dos primeras características apuntadas son evidentes, la tercera necesita quizás alguna aclaración. El cazador-recolector que extiende un puente de troncos hacia la otra orilla no está interesado en absoluto en la realidad del puente como tal. Tampoco lo está el que viene días después y se alegra al encontrárselo operativo. Lo que realmente les interesa a ambos es lo que hay al otro lado de la corriente de agua, pues imaginan que allí habrá más y mejor alimento. Y, en la línea de Harari, ambos convencen de esa ficción a sus tribus para conseguir que les sigan. Es por tanto una ficción compartida la que verdaderamente desencadena el esfuerzo de la construcción del puente. Y esta infraestructura es, en consecuencia, la que permitirá hacer realidad esa ficción, tal y como refleja el punto 3 anterior.

En los siguientes artículos de esta serie, estudiaremos en detalle cómo estas tres características básicas de las infraestructuras condicionan la consideración social de sus operadores en los tiempos actuales, es decir, en la era de Twitter.

Fernando Rayón
Barcelona, 31 Enero 2017

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