¿Necesitan las empresas tradicionales a las startups?

Thomas Friedman en su libro Gracias por llegar tarde (2018), refiere una conversación con Eric Teller, consejero delegado del laboratorio Google X y, entre otras cosas, responsable del proyecto de coche sin conductor de Google (¡poca broma!). En esa conversación tratan del origen del desasosiego que muchos vivimos al rebufo del vertiginoso desarrollo tecnológico actual. Enseguida hablaré de eso, pero antes debo decir que el libro en su conjunto me parece muy recomendable. Eso sí, como en la mayoría de libros americanos, me da la sensación de que se podría decir lo mismo en la mitad o la tercera parte de su extensión. Pero, aun así, creo que vale la pena el esfuerzo de leerlo al completo.

Volvamos ya al tema. En la citada conversación, Teller explica a Friedman, con la ayuda de una gráfica similar a la de la Figura 1 y con todo lujo de detalles –bien aderezados por este último-, un hecho que es bien conocido: la velocidad del desarrollo tecnológico crece exponencialmente con el tiempo (tal como la curva OA de la Figura 1), a consecuencia de la Ley de Moorela capacidad de cálculo de un chip se duplica aproximadamente cada 18 meses, manteniendo su coste de producción.

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Así, es este carácter exponencial de la Ley de Moore el que hace que la velocidad de desarrollo tecnológico crezca también exponencialmente en la actualidad. No obstante, dicha velocidad de desarrollo tecnológico viene creciendo de una manera sensiblemente exponencial desde la aparición del ser humano. Una curva exponencial tiene la particularidad de que, en sus primeros pasos, crece lentamente. Así, tuvo que transcurrir un millón de años desde que nuestros antepasados labraron un filo en una piedra de sílex para usarla como un cuchillo, hasta que se les ocurrió afilarla por ambos costados para producir puntas de flecha. Pero en una curva exponencial, a pesar de esta lentitud inicial, la tasa de cambio se acelera vertiginosamente y sin parar a partir de un cierto grado de madurez. Eso explica que, por comparación, no pasaran ni setenta años desde los primeros vuelos de los hermanos Wright, hasta el alunizaje del Apolo 11.

La mente humana, individual y colectivamente, está diseñada y acostumbrada a vivir cambios lineales, no exponenciales. Es capaz de asimilar un incremento constante y moderado en la velocidad de los cambios en su entorno, tal como refleja la recta OB de la Figura 1. Pero se siente desconcertada en contextos con velocidades exponenciales de cambio. Los humanos seguimos una línea recta como la OB, adaptándonos y asimilando poco a poco el desarrollo tecnológico. Pero éste, por su parte, se viene acelerando exponencialmente desde que nuestros antepasados bregaban con los filos de las piedras de sílex (curva OA, Figura 1). El conocimiento acumulado a través de sucesivas generaciones nos permite ir aumentando poco a poco nuestra velocidad de adaptación. Pero esta habilidad, por las propias limitaciones de nuestra mente, no llega ni de lejos a crecer de forma exponencial, manteniendo una evolución lineal, una línea recta, tal como la OB citada.

Según se comprueba en la Figura 1, hasta llegar al punto C, la velocidad de crecimiento de nuestra capacidad de adaptación era potencialmente superior a la velocidad con la que se iba desarrollando la tecnología. Pero, tal y como asegura Teller a Friedman, hoy ya hemos sobrepasado ese punto C, y la mayoría de nosotros se encuentra perdido y confuso en un punto tal como el D, puesto que la velocidad del desarrollo tecnológico ya ha superado la velocidad de cambio que somos capaces de asimilar. No se trata de obsolescencia programada…pero casi.

Dejando ya a un lado la conversación de Friedman con Teller, conviene observar que esta situación que nos afecta como individuos, lógicamente afecta también a nuestras empresas tradicionales, ellas mismas integradas por individuos. En consecuencia, en su mayoría, dichas empresas no pueden digerir por sí mismas velocidades de cambio tan altas, y les cuesta mucho adaptarse y seguir los vertiginosos cambios que genera el desarrollo tecnológico actual. Además, salvo en el caso de las grandes tecnológicas, cuanto mayor es la empresa, mayor dificultad de adaptación, puesto que el mayor tamaño introduce inevitablemente unas mayores inercia y resistencia estructural al cambio. Conozco bien el fenómeno.

En paralelo, las grandes empresas tecnológicas ejercen una presión enorme para vender sus productos, confiriéndoles un atractivo irresistible. En consecuencia, los mercados intentan seguir su desaforado desarrollo tecnológico, y aportan novedades casi cada segundo, esperadas muchas veces con grandes colas ante las puertas de las tiendas. En ese contexto económico y social, las empresas tradicionales que no sean capaces de actualizarse y seguir las nuevas tendencias tienen más que asegurado su fin. Es el efecto del llamado tsunami digital.

Las empresas tradicionales necesitan, por tanto, cubrir su déficit de velocidad de adaptación (representado por la zona sombreada ABCDA en la Figura 1) buscando ayuda externa. Y no les queda otra que recurrir a empresas más ágiles, más flexibles frente al cambio, y más profundamente familiarizadas con los desarrollos disruptivos de cada momento. Estamos hablando pues de las startups tecnológicas. De ahí que se dé actualmente una creciente tendencia (¡casi exponencial también!) por parte de las grandes empresas tradicionales a acometer diferentes iniciativas de incubación, aceleración, inversión o sencillamente identificación interesada de startups que puedan ayudarlas a superar su creciente incapacidad de adaptación. Se trata, en definitiva, de otro indirecto pero notable efecto de la Ley de Moore.

En este contexto, las startups tecnológicas tienen en las empresas tradicionales un atractivo y creciente mercado al que dirigir sus propuestas. Es un mercado muy diferente al que viene siendo el foco mayoritario de las startups, normalmente más orientadas al B2C y al e-commerce. Pero que las startups actúen creativa y colaborativamente en el mercado de las empresas tradicionales sin duda mejorará la productividad general, el desarrollo económico y social, y la calidad de vida de todos. Conviene pues prestar la mayor atención y apoyo al fenómeno y animar a las empresas tradicionales y a las startups a estrechar su relación.

Fernando Rayón
Barcelona, marzo 2018

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