La cuarta “P”, que será la primera

Construyendo PPPA lo largo de esta persistente crisis económica, y ante la sequía generalizada de contratación de proyectos públicos de envergadura, ha sido frecuente oír hablar del Partenariado Público Privado (Public Private Partnership, PPP) como fórmula a la que podría recurrirse para viabilizar proyectos necesarios pero carentes de posibilidades de financiación desde la Administración Pública.

Los humanos somos, esencialmente, creativos. Por ello, en la práctica, sucede con los grandes conceptos que diferentes actores hacen interpretaciones muy distintas, según su propia creatividad. Y el PPP no es una excepción. Así, no es raro encontrar políticos y gestores públicos que piensan, totalmente convencidos, que PPP quiere decir, sin más, que el privado aporta la financiación y ellos inauguran la obra. También se dan empresarios que creen, con igual convencimiento, que PPP significa que ellos tienen la iniciativa y la Administración Pública (o directamente el contribuyente), corre con el 100% del riesgo.

El convencimiento total con el que ambos grupos defienden sus tesis es de tal magnitud, que con sólo cerrar un instante los ojos, se nos ilumina la mente con un sinnúmero de ejemplos de las dos situaciones. Y la prueba definitiva de la solidez de ese convencimiento (junto con la evidente capacidad de influencia de unos y otros) está en que en muchos de esos ejemplos no estamos hablando precisamente del chocolate del loro, sino de cifras cien o mil millonarias…

En este contexto, la United Nations Economic Commission For Europe (UNECE) ha firmado recientemente un Acuerdo con IESE para aplicar y extender los criterios del International Centre of Excellence on PPPs (ICoE), bajo el paraguas del reconocido  Public-Private Sector Research Center de IESE, de ámbito mundial y centrado en las Smart Cities. Cabe esperar que esta iniciativa ayude en buena medida a fomentar el desarrollo de auténticos proyectos PPP en las Smart Cities, mejorando con ello las condiciones y los resultados de dichos proyectos en todo el mundo.

Aprovechando este acontecimiento, de enorme potencial estratégico en sí mismo, me gustaría introducir un par de reflexiones. La primera tiene que ver con el hecho bien conocido de que el motor del desarrollo mundial se está concentrando cada vez más en las ciudades, con un crecimiento acelerado de la población urbana. Este hecho, entre otros efectos, comporta la concentración creciente de talento en las ciudades. En paralelo, el fuerte desarrollo de las tecnologías informáticas y de comunicaciones multiplica el potencial de ese talento, otorgando a los ciudadanos una capacidad de intervención en la vida y el desarrollo de sus propias ciudades absolutamente impensable años atrás, cuando no existía Internet, ni las redes sociales, ni los Smartphones, ni las posibilidades de expansión viral que la economía digital pone a disposición de cualquiera que tenga talento, un ordenador y un garaje…

Con ese potencial, el ciudadano con talento, el emprendedor, y el que crea y utiliza internet y las redes sociales con fines de economía colaborativa, va a tener (está teniendo ya) una capacidad de influencia muy significativa en su ciudad. Iniciativas como Uber, AirBnB, etc. que rompen modelos de negocios muy asentados y tradicionales a base de introducir modelos colaborativos, son claros ejemplos de ello. Igualmente, apps como Waze, que permiten a cualquier conductor informar en tiempo real de la situación del tráfico en su zona, y beneficiarse a su vez de las informaciones que dan los otros conductores, ayudan a hacerse una idea de la capacidad de aportación práctica y funcional que está proporcionando internet a los ciudadanos al facilitarles su colaboración masiva.

Una versión más documentada de estos hechos la aporta Jeremy Rifkin en su libro La sociedad de coste marginal cero. Ahí trata del efecto potenciador que tiene el coste marginal casi nulo, característico de la economía digital, en el desarrollo de la economía colaborativa. Y en esa línea va mi primera reflexión: la enorme capacidad de acción de las personas, de la gente, sobre todo en las ciudades (en las Smart cities), cuando crean espontáneamente esquemas colaborativos, aconsejaría ir pensando en cómo añadir la cuarta P, Personas (People), a nuestro viejo amigo el modelo PPP. Tendríamos así el modelo PPPP (People Public Private Partnership), que nos permitiría estar a la altura de las circunstancias disruptivas que dicha economía colaborativa está generando, otorgando simultáneamente el protagonismo y la capacidad de acción que se merece al propio destinatario de los proyectos.

En mi opinión, además, esta cuarta P tiene visos de llegar a ser, en realidad, la primera. Porque no sólo induce nuevos modelos de negocio, sino que incluye también nuevas formas de financiarlos, una cuestión central del modelo PPP clásico. Así, cada vez es más frecuente encontrar proyectos financiados a través de crowdfunding, una forma de financiación en que las personas son actores principales, y que muy bien puede ser complementaria -más que alternativa- en los proyectos de Smart cities demandados por los propios ciudadanos, y que tradicionalmente son financiados con esquemas PPP más clásicos. Evolucionar entonces estos PPP clásicos hacia los preconizados esquemas PPPP podría viabilizar un mayor número de proyectos beneficiosos para la ciudad, y que además contarían de entrada con un mayor compromiso por parte de la propia ciudadanía.

En la búsqueda de cómo incorporar efectivamente esta cuarta P, deben lógicamente participar todos los actores involucrados: las personas (People), los responsables de la Administración Pública (Public), la iniciativa privada (Private) y las instituciones académicas y multilaterales del sector, como las del Acuerdo que citábamos al inicio de este artículo. Y en este ámbito es en el que va mi segunda reflexión: tratándose de proyectos que se desarrollarán en las Smart cities, los gestores actuales de los servicios urbanos deberán implicarse y ser también de gran ayuda en la definición y desarrollo de estos nuevos modelos. Y entre los servicios urbanos, el de la gestión del agua, que conozco bien por mi trayectoria profesional, debe y puede ser el principal aportador. No sólo porque es el que trabaja para satisfacer las necesidades del elemento más básico e insustituible de todos los que demanda la ciudadanía, sino también porque precisamente el ejercicio de esa responsabilidad le aporta día a día, minuto a minuto, un conocimiento incomparable de la vida cotidiana en la ciudad, de las necesidades de sus ciudadanos, y una gran capacidad de identificación, potenciación y ejecución de proyectos urbanos colaborativos bajo esquemas PPPP. Ahora, manos a la obra.


La cuarta “P”, que será la primera –
CC by-nc-sa –
Fernando Rayon Martin

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