Smart city en contexto (1). Competitividad (3ª parte): el municipio

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SmartCity TagsEn artículos anteriores, he comentado mi visión de cómo el concepto de smart city estimula la competitividad en el entorno de las empresas y de los ciudadanos. En éste, presentaré cómo lo hace en el entorno de los administradores públicos responsables de la gestión de la ciudad: los responsables municipales.

En general, estos responsables persiguen un doble objetivo con su gestión:

  1. Mejorar el funcionamiento actual y futuro de su ciudad, y
  2. Hacerlo de manera que sus ciudadanos lo perciban lo más claramente posible.

En este contexto, es evidente que un concepto como el de smart city viene como anillo al dedo. Y la competitividad asociada se muestra a las claras cuando vemos que la mayoría de los responsables municipales trabajan para conseguir que su ciudad sea más smart que la de al lado (geográfica o socioeconómicamente). Y esto es bueno, puesto que es un claro aliciente para la mejora de la calidad de vida en el conjunto de las ciudades.

Así, ¿alguien conoce algún alcalde que no quiera hacer su ciudad más sostenible? ¿menos contaminante? ¿con un tráfico más fluido? ¿más eficiente? ¿más atractiva para el talento?, en definitiva: ¿con una mayor calidad de vida?. Entonces, estaremos de acuerdo en que son precisamente este tipo de cosas las que deben guiar la actuación del alcalde. Y por eso a los alcaldes les gustan las smart cities.

Para ello cuentan con los desarrollos de las empresas tecnológicas, que como hemos visto compiten para implantar sus tecnologías. Cuentan también con la voluntad de los proveedores de servicios, trabajando sistemáticamente para mejorar su calidad y su eficiencia. Y todo iría adelante sin problemas…si no hubiera aparecido la crisis económica que estamos viviendo en toda su brutalidad. En unos países más que en otros, desde luego. Pero varios en medida apreciable. Y en estos casos, los municipios se encuentran con fuertes restricciones presupuestarias.

Así, la lógica de la crisis aconseja concentrar los esfuerzos de smart city en dos objetivos básicos para los municipios: reducir costes y aumentar ingresos, incrementando así la eficiencia de los procesos y los servicios urbanos. Por tanto, en los países más castigados por la crisis son poco realistas los proyectos de smart city que no incorporen al menos uno de esos dos objetivos. Eso no es obstáculo, desde luego, para que ciudades con economías en expansión puedan ejecutar otro tipo de iniciativas smart, enfocadas a mejorar las condiciones de vida en la ciudad aunque sea con mayores costes. Esto sucede, por ejemplo, cuando se construyen nuevas infraestructuras para proveer nuevos servicios o para ampliar el ámbito de los actuales. Estas actuaciones van necesariamente acompañadas de un incremento en los costes municipales. Y en estos casos, es la propia expansión de su economía la que debe aportar el margen de maniobra necesario. En cambio, en los casos de ciudades con restricciones presupuestarias, el enfoque smart city probablemente sólo podrá ser materializado si genera mejoras de eficiencia.

En algunos casos, para sortear esta limitación, algunas ciudades han abordado la cuestión smart realizando proyectos piloto, que tienen bajos presupuestos de implantación por comparación con los de un proyecto a escala de ciudad. Pero no existe consenso en este asunto. Algunos responsables de la gestión de la ciudad son muy partidarios de estos pilotos, mientras que otros no los consideran adecuados. Para los partidarios, se trata efectivamente de iniciativas low cost, y por tanto tienen mayores oportunidades de ejecución en entornos con restricciones presupuestarias. Además, estos pilotos suelen ser positivos por su capacidad de aportación de soluciones innovadoras. Pero es claro que su traducción a proyectos a escala de ciudad, o incluso de distrito, no será factible a menos que con ellos se consiga también incrementar eficiencia.

En el otro lado, sus detractores opinan que los proyectos piloto tienen un muy escaso impacto en la vida de los ciudadanos en general. Desde luego, aparecen en los medios de comunicación una o dos veces: cuando se acometen y cuando se inauguran. Pero la ciudadanía no llega a experimentar mejora alguna, con la excepción del entorno inmediato de su implantación. Por ello, según sus detractores, los pilotos tienen una vida efímera y no son una base sólida para una verdadera smart city, salvo que existan recursos suficientes para evolucionarlos a soluciones de ciudad. Sólo en estos casos se beneficiaría un número suficientemente grande de ciudadanos como para hablar de una actuación smart city genuina.

En otro orden de cosas, conviene destacar también que la crisis económica y otras circunstancias del contexto actual han generado en algunos casos un considerable distanciamiento entre los responsables políticos de la ciudad y los ciudadanos. En estos casos, es aconsejable construir un tejido de confianza y comunicación más sólido entre unos y otros. Y es evidente que la solidez de este tejido es también un destacado elemento de competitividad para la ciudad que lo disfruta.

entrepreneurshipEn este sentido, bajo el concepto smart city pueden generarse también actividades para el fortalecimiento de este tejido. Estas actividades pueden ir desde el fomento de la participación activa de los ciudadanos con sus opiniones y propuestas de mejora urbana (Internet, redes sociales,…),  hasta la implantación de sistemas que aprovechen la buena disposición de los ciudadanos a suministrar información útil, tal y como ya vimos en un artículo anterior. Planteamientos basados en la incorporación de iniciativas de crowdsourcing y crowdsensing, ya presentadas en anteriores artículos, son  de extrema utilidad en este contexto. Y ello no sólo porque se trata de soluciones eficaces para problemas reales en determinadas circunstancias, sino porque además ayudan a generar una mayor complicidad entre los responsables políticos y sus ciudadanos, al involucrar a todos de manera activa en la resolución de problemas comunes. En mi opinión, esta capacidad de generar complicidad entre políticos y ciudadanos ha sido aún poco explorada en el ámbito de las smart cities, pero tiene a mi juicio un gran recorrido por delante. Además, estas iniciativas cumplen perfectamente con el criterio low cost, porque suelen tener costes de implantación mucho más reducidos que los proyectos basados en la implantación de infraestructuras y sistemas convencionales.

Finalmente, last but not least, otro factor de gran influencia en la competitividad de la smart city se fundamenta en su capacidad para atraer y generar emprendedores y fomentar la emprendeduría. Como es sabido, en el desarrollo de la economía digital, el papel de los emprendedores ha sido crucial y determinante. A título de ejemplo, las ideas y creaciones de diferentes emprendedores que se pudieron ver en el Smart City Expo & World Congress de Barcelona son a mi juicio muy esperanzadoras sobre el papel que la emprendeduría digital puede jugar en la resolución de los problemas de las ciudades y, con ello, a la construcción de smart cities enfocadas a las necesidades del ciudadano y planteadas sobre la base de su participación directa.

Ahora, es papel de los responsables de la gestión de la ciudad, sean estos públicos o privados, fomentar el desarrollo de un tejido emprendedor potente y motivado para ayudar a mejorar las condiciones de vida en las ciudades y a construir, con ello, smarter cities.

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