La escalabilidad en contexto

Según la Wikipedia, aparte del significado de escalabilidad en el ámbito de la electrónica (hardware, comunicaciones y software), existe una segunda acepción en el ámbito comercial, en el que la escalabilidad de una empresa significa que su modelo de negocio tiene un alto potencial de crecimiento económico dentro de la propia empresa (aunque esta segunda acepción se encuentra exclusivamente en la versión en inglés de la Wikipedia -a fecha 10nov12- bajo scalability). En esta versión en inglés, se complementa la definición indicada con este añadido: la capacidad de un negocio o tecnología para incrementar la producción sin incrementar significativamente los costes variables. Y es esta segunda acepción la que me interesa tratar aquí.

En un artículo anterior vimos cómo la economía digital acaba con los modelos clásicos de la economía industrial. Hemos visto también, en otro artículo en este blog, un ejemplo de cómo un par de amigos con recursos extraordinariamente escasos pueden acabar con modelos de negocio más que centenarios, aplicando las maneras de la economía digital. La escalabilidad que nos ocupa tiene mucho que ver con todo esto.

Efectivamente, uno de los principales rasgos de la economía digital es su gran escalabilidad. Es decir, la facilidad con la que algunos productos y servicios digitales se pueden entregar  a un gran número de personas, sin costes adicionales significativos respecto a un mercado inicial mucho más reducido. Y esta escalabilidad es factible por tres motivos, uno relacionado con la demanda, otro con el hardware y otro con el software:

  1. Todas y cada una de las personas del planeta están interesadas en utilizar información en su propio beneficio. Y existe un consenso general en el tipo de beneficio que puede obtenerse: saber dónde están las mejores ofertas y comprar online, emplear el conocimiento que aporta la información para reducir costes, extraer el mayor placer posible de las creaciones artísticas y sociales que aportan los dispositivos multimedia, disfrutar de juegos basados en gestión de información, hacer gestiones con costes mínimos en tiempo y dinero, establecer y mantener relaciones online, etc. Lo importante aquí es que esta demanda es absolutamente planetaria. Todas las personas sin excepción están interesadas (y mucho) en hacer estas cosas. Esto hace que el mercado potencial de estos productos y servicios sea enorme, por definición.
  2. Los avances tecnológicos han permitido una miniaturización cada vez mayor, acompañada de una enorme reducción de costes de producción en hardware, lo que permite la fabricación de un número enorme (cada vez mayor) de productos hardware a costes realmente muy bajos.
  3. El software (programas e información digital), por su misma naturaleza inmaterial, es replicable hasta el infinito, virtualmente a coste cero y a la velocidad de la luz, por decir algo. Un programa cualquiera, capaz de resolver el problema más complejo, o de ofrecer la característica más deseada, una vez creado, se puede implantar sin coste en miles de millones de ordenadores y otros dispositivos en todo el mundo. Y queda inmediatamente de esta manera a disposición de miles de millones de usuarios, sin coste de producción adicional.

Cuando unimos la escalabilidad de la economía digital a los efectos basados en crowd (de los que ya vimos el cowdsourcing y el crowdfunding), obtenemos efectivamente un enorme poder. Si es eficiente y adecuadamente manejado, este poder puede generar nuevos modelos disruptivos en prácticamente todos los ámbitos para encontrar salidas a las retos económicos, sociales, ambientales y políticos que la humanidad y el planeta tenemos actualmente planteados.

Pero, efectivamente, este poder (como todos, por otra parte) tiene que ser eficiente y adecuadamente manejado. Como hemos visto, la gran escalabilidad de muchos modelos de negocio en la economía digital permite que la creación de una pareja de amigos en un garaje se escale a nivel mundial y acabe generando facturaciones de decenas de miles de millones de dólares. Atraídos por esta posibilidad, muchas parejas de amigos trabajan hoy día en los garajes (es una forma de hablar…), y presentan sus proyectos en los famosos elevator pitch, en busca de inversores que crean en ellos y estén dispuestos a viabilizarlos con su dinero.

Como estoy interesado en localizar proyectos de interés urbano y planetario, asisto con cierta regularidad en el último tiempo a sesiones de elevator pitch (incluso en Silicon Valley, donde apareció y desde donde se ha expandido universalmente el concepto), y he sacado algunas conclusiones que me gustaría compartir aquí:

  1. Los inversores buscan rentabilizar su inversión. No hay que esperar otra cosa: es lo lógico, lo natural y lo esperable. Por eso están allí unos y otros.
  2. Por ello, la escalabilidad del proyecto es muy buscada: permite invertir muy poco en la etapa de producción, y venderlo después a miles de millones de personas a bajo precio unitario (recuerda un poco al crowdfunding). Con ello se persigue una rentabilidad en la franja alta de los dos dígitos (siempre que el proyecto salga bien, claro está: no hay que ignorar aquí el mérito del riesgo de la emprendeduría).
  3. En estas sesiones, muchos proyectos me parecen auténticos bodrios, desde el punto de vista de su nula (incluso negativa) aportación al progreso de la humanidad o a la sostenibilidad del planeta. Pero, en cambio, he visto atónito que al mismo tiempo tenían modelos de negocio sólidos y una tremenda escalabilidad. Y era fácil ver que tenían un atractivo comercial bien capaz de levantar una gran demanda para los productos/servicios generados. Eso los hacía claros y verosímiles candidatos a conseguir la financiación de los inversores, quienes fácilmente intuían que se podrían lograr las rentabilidades esperadas, o muy próximas. No habría pues grandes avances humanos ni planetarios, pero correría el dinero…
  4. Hay que decir también que algunos proyectos sí que permitían esperar avances socioeconómicos o de progreso humano o medioambiental. Pero en estos casos, no eran precisamente estos aspectos los que atraían el interés de los inversores. Sólo lo hacían si iban acompañados de modelos de negocio y escalabilidades orientadas a las rentabilidades señaladas.

Quiero decir con ello que los elevator pitch reproducen al milímetro las reglas y maneras de la socioeconomía tradicional. Es difícil esperar otra cosa: en un alto porcentaje mandan las rentabilidades, y lo verdaderamente importante para la humanidad y el planeta se realizará única y exclusivamente si proporciona además esas rentabilidades. Esta es una norma general con la que hay que contar para cualquier progreso. El bien común se persigue única y exclusivamente cuando acompaña (como efecto colateral) al bien individual de quien/es tiene/n el poder para promoverlo. Lógicamente, se puede o no estar de acuerdo con esta norma. Pero es evidente que es la que rige la economía (vieja y nueva) actualmente (léase si no cualquier períodico, revista o crónica digital sobre lo que acontece en nuestros días…). Y por consiguiente, hay que atenerse a ella si queremos avanzar.

Entonces, para resolver con éxito los retos humanos y planetarios actualmente planteados, hacen falta, entre otras, dos cosas: aproximar la economía digital a la vieja economía, y conseguir que los proyectos con objetivos de progreso humano y planetario tengan también rentabilidad en el corto plazo para sus promotores, para garantizar que se pueden llevar a cabo efectivamente.

No es tarea fácil conseguir rentabilidades de dos dígitos para los promotores de proyectos de progreso planetario. Pero, más allá de escepticismos plenamente comprensibles, la realidad es que al menos existen herramientas para conseguir ese progreso, y una escalabilidad bien diseñada es una de ellas, y puede ayudar mucho a ello.

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