Las redes sociales: una necesidad ancestral

Día de salida de Facebook a la bolsa

No es fácil contradecir la idea de que las redes sociales están cambiando significativamente la manera en que nos relacionamos en el mundo actual. A pesar del descalabro que Facebook ha sufrido en bolsa (junto con otros modelos de negocio que no acaban de fructificar), la realidad es que el número de usuarios no para de crecer. La gente queremos estar en y queremos usar las redes sociales. Nos gusta, nos hace sentir importantes y ampliamente relacionados.

Lo que a mí me parece curioso es que tendamos a pensar que se trata de un fenómeno nuevo. Y efectivamente son nuevas las herramientas informáticas y la telecomunicación, pero la realidad de base dista mucho de ser nueva.

A veces, las redes sociales me recuerdan aquel chiste del náufrago que queda completamente aislado en una isla tropical desierta, con la sola compañía…de una estupendísima señora del mundo del cine, de fama mundial, inmejorablemente situada entre las sex symbols de la época.

Ante el inevitable aislamiento sobrevenido, la pareja se enamora rápida y perdidamente, y vive en una felicidad total. Pero tras algunas semanas, ella comienza a notar en él un punto de tristeza, que se va agrandando con el tiempo. Finalmente, un día ella siente que no podrá vivir más en esa situación de tristeza creciente. Y así, llena de impotencia, le confiesa que su amor por él es tan grande que está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal que pueda superarla.

Tras pensarlo unos días, él finalmente le dice que sí que hay algo que ella puede hacer. Pero que teme que le resulte demasiado comprometido, y no sabe si debe decírselo.

Ante la sola sensación de poder hacer algo efectivo, ella se llena de felicidad y entusiasmo. Y le reitera con cariño que no tema, que está dispuesta absolutamente A TODO. ¡Y que empiecen YA, que no puede sufrir más esa tristeza!

Evolución en bolsa

Entonces, él se retira a la cabaña que han construido entre los dos, donde guardan las pocas cosas que habían conseguido rescatar. Al poco rato, vuelve hacia ella llevando en sus brazos un bulto cuidadosamente plegado con toda la ropa que él llevaba en el momento del naufragio: su traje gris oscuro, su camisa blanca, su corbata Hermés, su cinturón negro, sus calcetines y su ropa interior. Y todo ello coronado por su par de zapatos, negros y de cordones. Y con temor y cariño a la vez, le dice: mira, tendrías que ponerte toda esta ropa y entrar y sumergirte en el mar. Cuando lo hayas hecho, te vuelves y empiezas a salir del agua, corriendo hacia la playa…donde yo te estaré esperando.

Así lo hace ella, un tanto extrañada de la petición y sin entender exactamente cuál es el exacto objetivo y, sobre todo, sin poder imaginar cómo tendrá que ser el final de todo eso. Pero ella se viste, entra, se sumerge, se vuelve, y empieza a salir del agua corriendo hacia la playa…con su traje negro, su camisa blanca, su corbata Hermés,…

En la playa, al verla él venir, se levanta de un salto y echa a correr hacia ella, con una cara de alegría y felicidad inmensas. Sin dejar de correr, justo antes de llegar hasta ella y a la altura de la rompiente (olas bajas, profundidad escasa, blanca arena, mar turquesa), él abre de par en par sus brazos y, con una expresión mezcla de picardía e incredulidad, le dice: ¡Pepe!, ¡tío!, ¿A que no sabes con quién me he estado encontrando todos estos días…?

La nariz en casa del vecino

Bueno. El náufrago en su última frase no dijo encontrando, exactamente. Pero comprendan que he querido mantener un cierto nivel (nunca se sabe quién puede leer un blog). En todo caso,  lo que interesa aquí es que, como al náufrago, a todos siempre nos llega el momento en que poder contar lo que nos pasa llega a ser incluso más importante que lo que en realidad nos pasa. Y si a eso añadimos la necesidad imperiosa y ancestral que todos los individuos de la raza humana tenemos de meter la nariz al máximo posible en la casa del vecino…Pues ahí tenemos la justificación del éxito incuestionable de las redes sociales, más allá de su cotización en bolsa, que eso tiene que ver más con la capacidad de definir e implantar buenos modelos de negocio que con la afición de la gente a usar las redes sociales.

La gracia está precisamente en conseguir que, bajo el paraguas de las redes sociales (a las que todos estaremos siempre deseosos de acceder), el emprendedor consiga colar un buen modelo de negocio, capaz de explotar estas necesidades ancestrales que tenemos. Y a ser posible, sin que seamos conscientes de ello. Es factible, pero no és fácil: pregúntenlo si no a los que compraron Facebook el dia de su salida a bolsa.

La aldea original

Sea como fuere, lo evidente es que las redes sociales nos remueven necesidades interiores muy básicas y ancestrales. Lejos de representar una novedad, nos develven de hecho a la época en que todos vivíamos en pequeñas aldeas, donde todo el mundo conoce muy bien a sus vecinos, qué hacen, cuáles son sus puntos débiles y sus encantos, y donde toda la aldea al completo comparte la cultura y los chismes comunes. Y también donde los que no son de esa aldea, lo tienen más bien difícil…

Las redes sociales son por tanto un elemento fundamental en este entramado de mundo plano al que estamos abocados y que llamamos aldea global.

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